La ruta de la crueldad

Este régimen ha inventado toda clase de rutas. Desde la más famosa, la ruta de la empanada, la única que tuvo unos inicios, hasta la ruta del chocolate. Todas fracasadas. Hay, sin embargo, una ruta que no ha tenido propiamente ese nombre pero que ha sido y sigue siendo, tristemente, la más exitosa. La llamo: la ruta de la crueldad.

Ante los terribles crímenes que los militares de todas las fuerzas, pero sobre todo de la GNB, han ejecutado, nuestra gente se pregunta cómo es posible que seres humanos con familia y vida aparentemente normal cuando no están en el ejercicio de sus actividades típicamente profesionales de represión, puedan ser tan crueles e irrespetuosos de los más elementales derechos humanos.

En el CIP hemos investigado también sobre esto sirviéndonos de historias-de-vida de militares retirados. Incluso, cuando publicamos los dos volúmenes del libro Y salimos a matar gente, pensamos en incluir, entre las historias de los delincuentes, alguna de militares y por distintas razones no nos decidimos a publicarlas. Lo interesante de estas historias es que en ellas estaba claro que actuaron cruelmente mientras estaban dentro de la institución a la que pertenecieron, pero ni antes de entrar en ella ni después de haber salido.

Quien esto escribe realizó luego algunas entrevistas con otros militares específicamente sobre este tema a partir de la pregunta aquí planteada, esto es, inquiriendo cómo se llega a desarrollar una actitud tan indiferente al dolor y el sufrimiento de otras personas hasta el punto de ejecutar las acciones más crueles. Sus respuestas me fueron diseñando lo que aquí llamo “la ruta de la crueldad”. Es en efecto un camino que se recorre, que el sistema mismo va diseñando y por el que se llega incluso a la tortura.

“Yo quisiera empezar explicándote –dice uno de mis entrevistados– qué pasa en una academia militar porque yo fui cadete (…), en la academia el sistema disciplinario interno hace que haya castigos corporales (…); por ejemplo, tú cometiste una falta x; yo salgo, cojo el casco y te doy un cascazo (…) te puede haber dolido el cascazo mucho; nada grave (…) el cuento es que él casqueará a otro y conversará con sus compañeros de que le dieron un cascazo y se morirá de la risa (…); el sistema agarra una persona, la desocializa y la resocializa nuevamente (…), el sistema militar está basado en una obediencia ciega, en una disciplina, una jerarquía, un sistema muy claro; empiezan a funcionar como una máquina”. El referido cascazo es un hecho banal, según la mentalidad del que lo hace. Por aquí se inicia la ruta: la indiferencia ante el dolor y el daño ajenos. Es, además, un hecho arbitrario, fuera de reglamento, pero aceptado como normal dentro del sistema. Al principio, parece irrelevante, pero pone en marcha el proceso que acaba en lo que Hannah Arendt ha llamado “la banalidad del mal”. El daño al otro se vuelve parte de la normalidad de la profesión cuando se hace dentro de las normas establecidas o fuera de ellas pero aceptado por la autoridad que no solo lo permite sino que lo impone dentro de la obediencia a la que se está ciegamente sometido. Así se va formando en la persona una especie de “moral” resocializada, hecha de obediencia ciega y respeto absoluto a la autoridad, que endurece y distorsiona la conciencia subjetiva.

Lo que hemos encontrado en las historias-de-vida es que la autoridad dentro del estamento militar se ejerce en último término con arbitrariedad e impunidad. Por supuesto, hay algunos que se atienen a las leyes, que de golpe, como dice uno de mis entrevistados, le sale la otra moral, la que trae desde la infancia y educación familiar, la no resocializada por el sistema.

No hay, pues, que extrañarse de la ferocidad con que actúan, sobre todo la GNB. No es previsible que echen para atrás en esta ruta del atropello y la crueldad. Esta ferocidad está autorizada o, por lo menos, al final, resultará totalmente impune aunque aparentemente, para la galería, parezca que es castigada. En las manifestaciones, seamos cautos y sepamos protegernos.

No podemos esperar ninguna humanidad del régimen. Ella nos vendrá de Dios y de nuestra inteligente prudencia.

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