La ruta de la crueldad (II)

Lo que escribo a continuación es el testimonio literal de un capitán en ejercicio de la Guardia Nacional, honesto a carta cabal y bien intencionado, hoy fallecido. En este relato el lector podrá constatar con claridad cómo, una vez dentro del sistema militar, la ruta puede funcionar por su cuenta, independiente de la voluntad del actor, cuando este se encamina por ella, simplemente al poner en marcha, hasta inconscientemente, su lógica interna.

“Mira esto que yo hice: Llego yo en mi motocicleta, vestido con una chaqueta; el uniforme. debajo; la gorra y mi guerrera en el maletín de la moto y me meto en un estacionamiento donde me paro todos los días. Estaba de comisión en un ministerio. Ese día le habían dejado el estacionamiento a dos portugueses que iban a hacer un trabajo allí y cerraron. Yo entré por el mismo hueco por donde entraba siempre con la moto y no me di cuenta de que no estaba operando ese día el estacionamiento. Empiezo a estacionarme, abro mi maletín, guardo el casco, saco la guerrera, me pongo mi gorra y cuando me estoy acomodando la guerrera, viene el portugués y me arma un escándalo, porque ¿con qué derecho entro yo ahí a estacionar mi moto? Y yo le digo al individuo: está bien, tiene razón. Yo me voy a ir y me voy a estacionar afuera, pero yo quiero decirle a usted, porque yo veo que usted es extranjero y no sabe cómo es la cosa, que usted no puede faltarme el respeto porque yo soy un oficial uniformado. Así se lo dije, con la mejor tranquilidad.

Entonces, viene el individuo y sigue montado en cólera y me dice: “Es que ni que venga aquí el presidente de la república lo dejo estacionar”. Y entonces le digo: “¿Ah sí? Okey”. Me vuelvo a poner mi chaquetica, guardo la guerrera y tal, saco la moto, la pongo para allá, subo a mi oficina y llamo por teléfono al destacamento móvil. Para desgracia del pobre hombre, me atiende un subteniente recién graduado y le dije lo sucedido. “Un momentico, mi capitán, dígaselo a mi capitán fulano que está aquí”.  Me atiende un capitán que yo no sé quién es y  le digo exactamente lo que pasó. “¿Dónde está usted, capitán?” Y le digo: “En tal parte”. “Espérenos ahí, pero espérenos abajo porque los guardias tienen que saber dónde es”. Me voy a esperarlos. Había mucho tráfico en la avenida. No habían pasado diez minutos, cuando de repente oigo una sirena. Se para el tráfico y veo que viene una camioneta de la Guardia, de la cual bajan una cantidad de guardias con casco y empiezan a marchar: ¡pras!, ¡pras!, ¡pras!, por la calle. Yo me pongo a pensar: ¿qué será esto? No me podía imaginar que se trataba de nada de lo que yo había desencadenado. Cuando llegan adonde estoy yo, se me para el mencionado subteniente: “Mi capitán, ¿dónde está el individuo?” “Es aquel que está allá”. A ese individuo lo han agarrado y le dieron coña.. hasta por el cielo de la boca. Y después, cuando el tipo estaba prácticamente desmayado, ya terminó por fin de llegar la camioneta, que se había comido el tráfico por la vía que no era y lo han metido dentro de esa camioneta como un saco de papas. Y se lo llevaron.

Yo, alienado como estaba, simple y llanamente me olvido de ese asunto. Ese es un asunto que ya pasó. Y me voy a mi oficina. Tres días más tarde se presenta en el ministerio y pide cita con el ministro el otro compañero que trabajaba en el estacionamiento.  Me llama la directora de recursos humanos horrorizada con el cuento que le estaba echando el hombre, porque el tipo estaba desaparecido. Horrorizada de que encima yo no tenía ningún problema en admitir aquello. La directora de recursos humanos se atrevió a levantarme la voz cuando empezó a decirme eso, a lo cual yo le respondí: “Si tú me faltas el respeto a ti te planeo también”. Y me di la vuelta y le tiré la puerta en la cara. Así mismo. Yo quedé con la cuestión en la cabeza de que el tipo estaba desaparecido y, porque todavía me queda un poquito de la otra moral, de la moral que ya traigo de mi familia, empecé a angustiarme pensando que a lo mejor a ese tipo lo rasparon y empiezo a averiguar dónde está el tipo. Resulta que el tipo fue pasado de una jefatura para otra hasta que por fin entre la última lo habían pasado a la que originalmente tendría que haber ido, que era la de la Candelaria. Voy a la jefatura de la Candelaria. Llego a la Candelaria:

—Mire, ¿aquí está preso fulano de tal?

—Sí mi capitán.

—Bueno, yo quiero que lo suelten

—Bueno, vamos a consultar.

—¿Por qué lo va a consultar?

—Porque en las condiciones que está no puede salir.

—¿Y lo puedo ver?

—Sí, como no, pase.

El tipo estaba metido en un charco, bañado de mier…; metido en una esquina vuelto leña, con sangre por todos lados, marcado por todos los sitios donde te puedas imaginar. Era una piltrafa lo que estaba ahí. Y entonces el tipo me dijo: “Mire, yo pienso que mínimo por lo menos tres días para que el hombre pueda salir caminando. Cero atención médica, cero nada”.

O sea, que este que te está hablando de casualidad es responsable de un muerto.

Soltaron al individuo ¿y tú que crees qué me pasó? Nada. Después que tú le das al suiche, “on”, empieza a funcionar todo un sistema que no lo puedes parar ni tú mismo. Eso es lo peor de la cosa. A lo mejor lo prendes y no sabes que aquello sigue funcionando y no sabes dónde termina; igual termina el tipo muerto”.

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