Poemas de Alejandro Oliveros

EXILIOS

Cielos

Mucho antes que la tierra,

perdimos el cielo

de los trópicos natales.

Su luz incesante

sin escarchas invernales,

las nubes sin hielo

ni oscuridades. Y el azul

protector sobre mangos,

bucares y cañaverales.

También perdimos del trópico

las noches más cordiales,

las brisas del páramo

y la sal de los mares;

las estrellas del camino,

que aprendieron nuestros

nombres y vocales,

los sonidos conocidos

de grillos y jaguares.

Cuando cierres la puerta

y ajustes ventanales,

y tomes los caminos

para nada familiares,

mira el cielo que pierdes,

allí quedan tus señales,

los rasgos y los sueños

que fueron iniciales.

Más allá están las nieves

y crueles vendavales.

**

Bárbaros

                   A Herman Sifontes

Llegaron por mar,

los bárbaros;

sus barbudos cadáveres

fueron cubiertos

por la arena.

Eso fue hace mucho tiempo

pero lo recuerdo bien,

creíamos que se habían

marchado para siempre.

La segunda vez

no llegaron por mar

ni por ninguna parte.

Dormían con nosotros,

en el mismo lecho,

bajo el mismo techo.

Destruyeron

todo lo que amábamos.

Cuando se retiren

–los bárbaros siempre se retiran–,

no construiremos más murallas,

levantaremos puentes,

para estar más cerca del agua.

**

Sueño de un estudiante en el exilio

La ciudad no había cambiado;

el metro, como siempre,

nos dejó en la estación

las Tres Gracias.

Los profesores conversaban

en el cafetín antes de clases;

un curso sobre Gógol,

y otro sobre Macbeth.

Después, unas cervezas

en Las Américas,

y la caminata hasta tu casa

en Los Caobos.

Las noches eran serenas

bajo la silueta protectora del Ávila.

Un viento helado

abre la ventana.

El sueño se interrumpe;

afuera, una noche ajena,

la soledad y el derrumbe.

**

Pérdida del reino

A dónde irán a dar

estos valles musicales,

con sus aromas,

a guayaba y miel?

Estos remansos y canales

para los días de sed,

¿frente a qué mares

o lagos y corrientes,

terminarán después?

Las colinas doradas

de estos senos,

recorridos a ciegas

en claras madrugadas,

bajo qué cielo

van a despertar mañana?

Última mirada

para este reino

de turgentes carnes,

y lisura de manzanas

que estuvo para mí.

**

Vuelta de las cruzadas

Regreso, después

de muchos años de cruzado,

al país natal.

La guerra aquí

no ha terminado.

Los tucanes de largos

picos han sido

enterrados. Y los azulejos

duermen a su lado.

Los cazadores,

de rojos brazos,

bajan de los cerros

con armas y caballos.

Sus rostros son crueles

y sus gestos despiadados

En lo más alto del árbol,

sentimos al arrendajo cuando,

en su canto, nos dice:

“La guerra no ha terminado,

todavía falta tiempo

para que el reino sea liberado”.

**

Mesas

Hemos aprendido

a comer

en mesas vacías.

Las sillas sobran

en nuestras casas.

Ya nadie se sienta

a compartir el aroma

de los hervidos,

ni los humos

de nuestras brasas.

Primero fueron

las apresuradas maletas

de los hijos. Después,

con sus libros bajo el brazo,

le tocó a los amigos,

por todo el mundo

pidiendo asilo.

Nuestras mesas

han perdido el equilibrio,

dos en una punta,

cuatro en el vacío.

**

Mesa de trabajo

En las horas más pequeñas,

antes de que los gallos

se pierdan en el cielo,

escribo entre tus piernas,

donde quedaron

mis plumas y libros en el suelo.

Es mi mesa de trabajo,

aquí escribo con mis dedos

los cuentos y poemas

en las hojas de tu cuerpo.

En una casa lejana han quedado

todos mis libros y papeles,

las ediciones de Catulo y Horacio

y el teatro entero de Shakespeare.

Lejos de mis cuadernos, solo

me queda el papel de tus pieles,

en estas horas tan pequeñas,

cuando son ciegas las paredes.

**

Objetos

Con la mudanza

hemos dejado, sin puertas

ni ventanas,

los objetos en una caja.

La máscara veneciana

de un año nuevo lejano,

la jaula con sus helechos

y un búho de porcelana.

Se quejan en su silencio,

y por la noche sentimos

la tristeza de sus gestos;

un diálogo interrumpido,

más preciso y más sincero.

Yo siempre me he sentido

de parte de las cosas;

desde mi primer libro,

llamado Espacios,

donde canté sus alegrías

y penas a nuestro lado.

Cuando me toque el exilio,

se quedarán en la casa,

absortos ya y callados,

los objetos en una caja.

**

Pequeña épica

Al salir de Ítaca,

en contra de su voluntad,

Ulises sabía

que un día iba a regresar.

Eneas no podía

de esa manera hablar;

de su amada Troya

ni una teja iba a quedar;

adelante lo esperaban

el peligroso amor

y una ciudad por fundar.

Cuando emprendas tu viaje,

sin saber dónde llegar,

ruega a tus dioses

que no te hagan demorar;

y, segura del regreso,

tu casa deje de esperar.

**

Ríos

           El Tajo no es el río…

           Pessoa

El río que pasa

por mi casa,

no se llama Támesis,

ni alberga

grandes navíos

que cruzan el Atlántico.

Tampoco es el Hudson,

por donde entraron a América

millones de inmigrantes

huyendo del hambre en las calles

y las enfermedades.

Las aguas del río que pasa

por mi casa

son quietas y pequeñas,

el que quiera irse lejos

debe buscar otra manera.

Las corrientes del río que pasa

por mi casa

no van a ninguna parte,

se quedan siempre a mi lado

esperando la primavera.

**

Mapas

Somos habitantes

sin ninguna plaza.

Las fronteras de esta tierra

no se corresponden

con nuestros mapas.

Las montañas son más

frías, pero menos altas;

los ríos más tranquilos,

sin boas ni pirañas;

los llanos existen, aunque

sin las sequías que matan;

y los mares son azules,

mas sin uvas en las ramas.

No nos encontramos

en estas cartas;

en la rosa de los vientos

no se ve una sola raya.

Nuestros bordes

se perdieron,

y con ellos nuestras casas.

**

Lamento de un exiliado que duerme a su hija

“Mañana, cuando

regreses al país natal,

dime si los apamates

cerca de la casa,

están a punto de florear;

y si, desde el Ávila,

los azules del cielo

se han tendido sobre el mar.

Tú puedes hacerlo,

yo aún tengo que esperar”.

Mientras, mi hija,

que no lo conoce,

antes de dormir

me vuelve a preguntar,

“Cuándo regresamos

a tu país natal?”. 

___________________________________________________________________________

Alejandro Oliveros (1948), además de poeta, es ensayista, crítico literario, traductor y editor. Fundador de la revista Poesía, es autor de una decena de libros de poesía, cinco colecciones de ensayos y dieciséis volúmenes de diarios literarios.