El vacío

El dolor se ve en el rostro de los vecinos de La Cañada, estado Zulia. Son innumerables las historias que se cruzan en nuestro camino, voces del vacío que van quedando en la vida de cada madre que se le arrebata un hijo. En el vacío de un pueblo cuyas calles viven de la soledad. Migración, extorsión, sicariato, ajusticiamientos, expresiones que suenan duro cuando vemos el cuerpo caer o vemos los pies sangrantes del caminante. 

Me detengo, brevemente, en el relato de Carla, cañadera y testigo del sufrimiento forzoso de un pueblo que tiene que huir de la muerte. “Cambió la comunidad. Cambió muchísimo la comunidad, una comunidad muy alegre, se convirtió en una comunidad muy sufrida, muy dolida. Quedamos muchas mujeres sin hijos y sin esposos. Prácticamente La Cañada ha quedado muy sola, luchando sola por la vida y por lo que le queda del resto de familia. Agradecida como mujer, porque conservan la vida de la mujer, respetan al menos eso. Pero no les importa la edad, no les importa religión, no les importa ¡nada! He quedado sin vecinos, prácticamente, los vecinos del frente, a las mujeres les han matado sus hermanos, sus esposos, sus hijos”…

 

Yo lo llamo efecto bélico. ¿De qué guerra se trata? ¿En qué consiste esta ocupación? Somos una sociedad en conflicto de una naturaleza muy particular: político-delincuencial, con guiones, para expresarlo, en una palabra, en una experiencia, en un acontecimiento vital. Esto es para Carla: vacío, soledad, dolor. 

Muchos pueblos, en el interior del país, están quedando vacíos. Este es el caso de La Cañada. El Observatorio de Violencia registró 239 muertes violentas el año 2020, sobre una población de 110.000 habitante, fue el tercer municipio más violento del país. Acá presentamos número y relato. Los números retratan una realidad, el relato lo ubica en la vida. Estos números tienen rostros, tienen familia, hay una historia detrás de cada uno. Carla es parte de esta historia y nos la cuenta. 

El vacío de La Cañada lo produce la muerte y el desplazamiento forzoso. No es poca la cantidad de muertes violentas y los efectos colaterales de estas muertes. Las casas solas, la soledad de las abuelas con los nietos, la gran cantidad de familias que han tenido que huir a otros lugares del país y fuera de él, el miedo permanente a ser eliminados ha ocupado la vida. 

 

¡Ocupación! Parece ser la palabra que más encaja, la que logra explicar lo que sucede. Territorio ocupado por la violencia organizada sin presencia de un Estado Social de Protección. Las fuerzas policiales están al servicio de la dominación “Comunal” y en alianza abierta con la delincuencia.  

La migración se nos va presentando por distintas razones y a los más diversos lugares. En el artículo pasado nos acompañó en ese camino doloroso Yonma, quien atendió el parto de una caminante. Niños que nacen en la calle, sin patria, sin identidad. Desplazados por el hambre y la violencia. El rostro trashumante, continuidad o prolongación de lo que ocurre en La Cañada, somos el producto de la ocupación y la pobreza extrema. 

¿Podemos, como sociedad, superar estas condiciones? Solo sí empezamos a llamar las cosas por su nombre y nos convertimos en irreverentes frente a la mentira. Lo que parece indestructible se resquebraja cuando somos capaces de desobedecer. El ímpetu de la insumisión es el legado de las comunidades humanas que desintegra el poder de quien “domina”. Sin sumisión no hay sometimiento.

 

La gran pregunta, ¿cómo liberarnos en un territorio ocupado? Este desafío se lo dejo a los políticos, las comunidades buscan salidas, aunque implique prácticas poco convencionales.

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De la misma autora: Caminos de dolor: historia de una joven desplazada