El humor, base de la resistencia

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Autor: Mirla Pérez

 

El humor será siempre un recurso para reírnos del poder, aunque, cuando es tiránico, va contra quienes se resisten riéndose de él. La burla da lugar a la libertad, la recrea, abre una puerta de salida al temor.

En la Venezuela de hoy constituye un recurso -inadvertido- de las comunidades ante las acciones que rechazan por absurdas, inhumanas o basadas en el sometimiento. ¿Cuál es la actitud sana ante la reiteración de lo absurdo? Reírnos de ello, hacer mofa, de esa manera lo enfrentamos desde una de las múltiples posibilidades de hacerlo. Nos liberamos al ridiculizarlo.

 

Ante el hecho electoral están ocurriendo varias cosas, practicadas de modo distinto por cada grupo. Del lado de la comuna o grupos organizados en torno al poder del régimen, se está ridiculizando el mecanismo electoral. Oyes decir con picardía y humor: “¿qué política es esta? Hasta el gato se quiere lanzar, por allá un peluquero que en su vida habrá hecho algo electoral, hoy quiere ser alcalde o concejal…” y no falta quien diga: “estamos hastiados de tanta imposición y vivir mal, prefiero burlarme de esta locura.”

La inconformidad es el terreno que pisa el régimen, incluso, del lado de lo suyos. En las localidades abrieron la caja de pandora, lo que antes era un mecanismo de cohesión hoy es una posibilidad de rebelión. Las elecciones agudizan la tensión entre la banalidad de lo electoral y su uso como mecanismo de coacción.

De la democracia ha quedado solo el dispositivo electoral como mera formalidad, porque les interesa como estrategia de unidad para los suyos y para la ratificación del aparato de poder. Las “elecciones” en los sistemas totalitarios son dispositivos que sustituyen la libertad de consciencia del individuo, por el funcionamiento del engranaje de la dominación en la que el régimen se reafirma.

La gente del régimen, la de abajo, las que tienen la pesada carga de la sobrevivencia, están “arrechas”, sentimiento que les sales del alma cuando tienen que definir su estado emocional. El circo se les hace pesado, el payaso ya no se ríe, ni es gracioso, ni causa gracia. La gente ya no quiere que le hagan reír, que le obliguen a la pose y finja algo que no siente.

En este momento las elecciones se topan con la banalidad, con lo superfluo, con la resistencia de las bases tanto comunales como comunitarias. Desde el chavismo se rechaza un mecanismo que les obliga a girar en torno a un mismo punto y desde la oposición sienten que son obligados a girar en torno al punto que le ha colocado el chavismo.

Arriba hablamos de la base comunal, ahora hablemos de la base comunitaria. Mientras que del lado del régimen hay mofa, burla, humor ácido; del lado comunitario hay silencio, rabia, impotencia, rebeldía y desobediencia, aromas ligeros que acompañan la decisión: “no voto por ningún vagabundo de esos, no voto por los mismos, llevamos 20 años votando sin obtener cambios mínimos, ni significativos. Votamos, pero no elegimos,” son algunas frases que registramos en el trabajo de campo.

El pueblo vacío de opciones reales prefiere el silencio, la solidaridad, el encuentro cotidiano con el otro comunitario, aunque estas no sean expresiones de poder. En la voz de Havel Vaclav (1936-2011) encontramos vías de comprensión en procesos históricos similares. La comunidad venezolana hoy está ubicada en “la vida en la verdad” y esta se vive en los más elementales gestos de unión y solidaridad:

“…vida en la verdad es el punto fundamental de partida existencial (y potencialmente político) de todas las iniciativas civiles independientes y de todos los movimientos disidentes o de oposición… esto no significa, naturalmente, que todo ensayo de vida en la verdad sea automáticamente algo parecido. Al contrario, indica el vasto campo, no delimitado y difícilmente descriptible de las pequeñas manifestaciones humanas que en la mayoría quedan inmersas en el anonimato y cuyo alcance político nadie cultivará…”

El humor es uno de los gestos elementales de la rebeldía, contra la manipulación y a favor de la libertad y de la convivencia. Es uno de los primeros indicios de una sociedad en movimiento, que no está dispuesta a seguir calándose ni la imposición ni el sometimiento, ¿se cultivará políticamente?, ¿se convertirá en poder? Necesitamos buenos oidores y entendedores.