Contra el totalitarismo: ¿más allá de la política?

Autor: Mirla Pérez

Más de 60 años de represión y coacción no impidió que salieran a protestar. El pueblo cubano decidió levantarse en un movimiento voluntario, sea espontáneo u organizado, actuó sobre la base de una decisión, rompió con las reglas de juego del sistema y se rebeló. Hace 20 años que la autora visitó La Habana, y aunque es la primera vez que escribe sobre su experiencia en aquella visita, con los hechos recientes recordó lo advertido sobre el comunismo y el cuidado que hay que tener con él, repetido en una frase: “No permitan que en Venezuela hagan lo mismo que aquí”.

Efectividad en el dominio. El sistema no deja de ser totalitario porque tengamos dudas de su efectividad o porque no logre el sometimiento. Su inefectividad puede deberse a varias condiciones, incluyendo la resistencia del que pretende ser dominado. Este es uno de los puntos que atravesamos hoy en Venezuela y que comenzamos a ver en Cuba.

El régimen se pasea por distintos mecanismos de dominio, va perfeccionando el modo de penetrar la vida pública hasta llegar a la privada, sus pilares se instituyen: El aislamiento, la inmovilidad, la mentira, la ideología, el hecho de abarcarlo todo y poder determinar cómo te vistes, qué comes, hacia dónde te desplazas, qué dices, dónde y cuándo lo dices. Ese es el camino que le va conduciendo al punto de llegada: Dominio absoluto. En ese propósito no hay dudas, eso ya lo constituye en proyecto totalitario, si los medios no lo conducen a Roma ensayan hasta encontrar el indicado.

En Cuba encontraron un camino que los condujo a penetrar la vida cotidiana: La vigilancia cercana y el control del partido. Montados sobre una narrativa épica, erigida en la revolución como el gran discurso unificador: contra la dictadura de Batista y contra el imperialismo norteamericano que quiere someterles; por tanto, un discurso nacionalista.

“Una expresión que cruza toda la protesta cubana y que contiene este impulso: ‘Tenemos tanta hambre que nos comimos el miedo’”

La épica revolucionaria se montó en el arte, museo de la revolución, en la música de la nueva trova cubana; en la universidad revolucionaria, basada en la limitación del libre pensamiento e instrumental al sistema, órgano ideológico del Estado como todo el sistema educativo. Todo el Estado anterior fue desmontado y se colocó en su lugar el Estado socialista. Sin paralelismo, caída y mesa limpia.

Después de 60 años del régimen totalitario cubano, sorprende ver cómo sale a la calle un pueblo que ha vivido reprimido por tanto tiempo. Viene a mi memoria la parábola del tendero fiel y consecuente al sistema totalitario, de quien habla Václav Havel, con su rebelión, muestra el quiebre de la vida en la mentira: “Imaginemos ahora que un buen día algo se rebela en nuestro tendero y que deje de exponer los eslóganes solo porque le da la gana; que deje de ir a votar en las elecciones que no son elecciones; que comience a decir en las asambleas lo que piensa de verdad y que encuentre en sí la fuerza para solidarizarse con quienes su conciencia le lleva hacerlo. Con esta rebelión el tendero sale de la vida en la mentira; rechaza el ritual y viola las reglas del juego; reencuentra su identidad y su dignidad reprimida; realiza su libertad. Su rebelión será un intento de vida en la verdad”.

El sistema sigue siendo totalitario quien decidió rebelarse, no obedecer, romper con las reglas de juego del sistema, ese es el tendero, es el cubano, es el venezolano, es la persona que se reconoce en la libertad y se reencuentra con la identidad pretendidamente suplantada. ¿Cómo lo logra? Por la rebelión, desde la insurrección, por la desobediencia.

Se pertenece a un grupo humano, se comparte unas prácticas, se da cuenta que vive en condiciones de sometimiento y ese darse cuenta es compartido. Puede producirse la rebelión individual pero también la social, el sujeto que se rebela pertenece a un círculo vital que grita: “Tengo 81 años y he vivido 60 años en la mentira, ya se acabó, nos quitamos el ropaje del silencio”. Abuelita cubana protestando frente al Capitolio de La Habana; y en los jóvenes escuchamos decir: “No, no queremos migajas. Queremos libertad”.

Encuentros en La Habana

Fui a La Habana hace 20 años y vi el control metido en el seno de las comunidades, a partir de los Comités de Defensa de la Revolución, en adelante CDR. ¿Qué implicó?, ¿cómo se fueron articulando?, ¿de qué modo rompieron la dinámica comunitaria?

Los CDR fueron los primeros enclaves organizativos de vigilancia y coerción en las comunidades cubanas. Esta aproximación la haré desde mi vivencia directa. Fui a Cuba el 2000, en el marco de un congreso titulado: “Identidad Profesional, Perspectivas y Retos en el Nuevo Milenio”, organizado por la sociedad cubana de trabajadores sociales de la salud. Fuimos como delegados un grupo de 10 estudiantes y profesores de la Universidad Central de Venezuela, yo acudí en calidad de ponente y profesora universitaria.

“La instalación de un sistema de vigilancia y reducción de los espacios comunitarios implicó el control vecinal desde dentro”

El protocolo de seguridad era el esperado en un sistema totalitario: Visitas estrictamente guiadas, horarios controlados sin libertad de tránsito, instituciones públicas seleccionadas para la visita sin posibilidad de interactuar con el personal ni poder indagar sobre procesos más allá de lo formal, turismo restringido y controlado por el personal oficial.

Como ven, la ruta estaba marcada, líneas controladas por la organización del evento en el marco del sistema público cubano. Nosotros, jóvenes profesores y estudiantes, aún más jóvenes, nos saltamos los protocolos de seguridad. Nos escapamos de los guías turísticos y nos metimos en las comunidades de La Habana.

¿Qué implicaba llegar a un barrio de La Habana? Decidir desplazarnos fuera del control, tomar un taxi, (tácitamente prohibido para nosotros porque teníamos un autobús asignado) eso nos abrió el mundo y nos permitió conversar con el cubano de a pie, el taxista, con él nos enteramos de la economía negra, no sólo del mercado de divisas sino de tráfico de carne y pollo, nos llevó a sitios donde se negociaba la carne como negociar droga, en la clandestinidad, en la oscuridad, se abrían las maleteras de los carros y se sacaban los trozos de carne a negociar. Nos habló de la desesperación y la huida, el gran sueño era poder tener una balsa para salir de la Isla.

Para ese tiempo el régimen había autorizado la “gran apertura” de restaurantes, los paladares, le llamaban. Nosotros, turistas no convencionales, entramos, comimos, vimos la dinámica y conversamos como puede hacerse en un sistema que vigila. Desde mi experiencia, las conversaciones se podían sostener sólo con una persona, cuando había dos o tres, ya había temor, por esa razón el encuentro con los taxistas era tan rico, no tenían controles y hablaban abiertamente. Eran conversaciones bilaterales, de tú a tú.

Visitamos dos barrios habaneros, ahora mismo no recuerdo los nombres, se repitió un patrón: llegamos a las casas con la escusa de conocer La Habana (éramos tres las personas disidentes del turismo oficial), pedimos agua, nos invitaron a pasar y comenzamos la conversación, hablamos de Venezuela y nos advirtieron una y otra vez de los efectos del comunismo. En medio de la conversación preguntamos sobre su vida cotidiana.

El caribeño y el latinoamericano, en general, son muy espléndidos en la narración. Comenzaron entusiastamente a contar sobre su vida, pasaron 10 minutos, más o menos, cuando nos sorprende alguien: un miembro del CDR entra a la sala, la señora de la casa cambió la conversación de inmediato y nos dijo: “Ella es la jefe de calle” e hizo silencio. Advertí que algo no andaba bien, le pedí prestado el baño a la señora de la casa, me acompañó y entre susurros me dijo: “No podemos seguir hablando, ellos lo vigilan todo”. Fue la primera vez que escuché la expresión “jefe de calle”.

Nos reencontramos en la sala, ahí estaba la señora del CDR, ahora era ella la que hacía las preguntas: “¿Qué hacen por aquí?, ¿de dónde vienen?” Contestamos, su reacción fue de complacencia, “ustedes están en la revolución, Cuba y Venezuela son hermanos”, etc., le dejamos en claro que veníamos por la universidad y quisimos recorrer La Habana.

“El sistema cubano ha sido muy efectivo con la represión, con el miedo llevado a tu casa, el aislamiento, la inmovilidad y el hambre”

No hubo manera que nos dejara a solas con la familia, nos vio como amenaza y vio en nuestra hospedadora un peligro. Una experiencia similar ocurrió en otra comunidad, esta vez pudimos conversar un poco más de tiempo a solas, pero ya sabíamos que en cualquier momento llegaba el sistema de vigilancia, el CDR. Es la primera vez que escribo sobre esto, me está permitiendo activar la memoria en torno a unas vivencias que pueden ser clave para entender el hoy cubano y la tragedia venezolana.

Haber vivido esto que narro, tan ajeno para nosotros, en aquel tiempo y lugar me condujo a una alerta: ¡Estemos atentos a lo que veamos acá! Para mí, fue un llamado de atención, ¿qué ocurre en la vida cotidiana del cubano? No era mucha la información que podíamos sacarle a la gente, pero estaríamos pendientes de lo que escucháramos y viéramos.

En las plazas nos acercamos a cubanos de más de 60 años, decían: “Me gusta la vieja trova, la clásica, no esta nueva que lo que hace es hablar de la revolución…” y así por el estilo. De eso han pasado 20 años, supongo que ese descontento reprimido por una vigilancia directa, casi que familiar, metida en determinar el gusto por la música hasta cómo vestir y comer.

Dos mundos vi en La Habana, el que marca la oficialidad, monedas, economía controlada, ideología y procedimientos de coacción, por un lado. Del otro, una comunidad descontenta, prefiriendo la tradición, advirtiendo que con el comunismo hay que tener cuidado, repetido en una frase: “No permitan que en Venezuela hagan lo mismo que aquí”.

Nos encontramos que para la mayoría Cuba está en una vidriera, está para ser vista por los cubanos pero no para ser vivida por ellos. En La Habana lo vimos bajo la prohibición del uso del dólar, lugares vetados para el cubano quienes teniendo dinero tienen prohibido el uso de lugares, comidas e indumentarias. Vi a un cubano muy pobre, haciendo cola para que se les diera la ración de alimentos correspondiente o la porción de helado Coppelia. No había diferencia entre el vestido de casa o el de calle, todos parecían estar vestidos de casa. En Venezuela hasta el más pobre ha hecho siempre esa distinción.

La mendicidad no se ve, no porque no exista, sino porque está prohibida. El aislamiento y la inmovilidad la fueron llevando y confinando a las inmediaciones comunitarias. El espacio público se redujo a la inmediatez de lo que está fuera de la familia.

La instalación de un sistema de vigilancia y reducción de los espacios comunitarios implicó el control vecinal desde dentro. Un diseño criollo y sostenido del pueblo contra el pueblo, en esa dinámica uno puede suponer que el trabajo comunitario, la organización autónoma es sencillamente imposible. Si las alertas se activan porque tres jóvenes turistas se trasladen a una casa, ¿qué podemos pensar en el marco de la organización cotidiana? Al inicio debió ser un partido robusto que venía de una revolución y que tenía gente, desde ahí se montó la coacción.

¿Movimiento San Isidro o protestas populares?

Este movimiento tiene muchos símbolos, es de origen religioso, sincretismo religioso cubano, es artístico, en lo musical rompe con la estética de la nueva trova; es juvenil rebelde, es el rap a lo cubano, los temas son los del hambre, el dolor, pero también la libertad.

La libertad, vocablo enterrado por el régimen, casi prohibido, su demostración social puede ser impedida pero no la posibilidad de pensarla. El sistema cubano ha sido muy efectivo con la represión, con el miedo llevado a tu casa, el aislamiento, la inmovilidad y el hambre.

“El sistema no deja de ser totalitario porque tengamos dudas de su efectividad o porque no logre el sometimiento”

Más de 60 años de represión y coacción no impidieron que el país completo saliera a protestar el 11 de julio de 2021. Unos dicen que fue un movimiento espontáneo, otros que fue producto de la organización, una y otra son válidas, ambas tienen gran importancia como respuesta articulada frente a un sistema totalitario y represivo.

El pueblo cubano decidió levantarse en un movimiento voluntario, sea espontáneo u organizado, actuó sobre la base de una decisión, rompió con las reglas de juego del sistema y se rebeló. Ese es un paso importante y necesario, pero insuficiente sino produce una organización con poder que desplace el sistema que domina. El movimiento se sostiene en la “lógica de la autocinesis y de la autodefensa. En efecto, el cubano no ha dado solo un paso en falso individual, circunscrito a su persona, sino que ha hecho algo mucho más grave: ha violado las reglas de juego, ha transgredido el juego en cuanto tal. Ha abatido el mundo de las apariencias, la columna que sostiene el sistema; ha destruido la estructura de poder rasgando su tejido; ha demostrado que la vida en la mentira es precisamente vida en la mentira; ha desbaratado la fachada y ha revelado los fundamentos reales, ínfimos, del poder”.

Tomo esta referencia de Václav Havel, pienso al cubano en lugar del tendero, y el texto permite una interpretación de la rebelión en el seno de un sistema totalitario. La insurrección se produce desde el discernimiento personal, el atrevimiento y la articulación movilizadora. Es fuerza compartida, sumatoria de voluntades, en el fondo hay un movimiento anclado en una narrativa integral que pasa por lo personal atravesando lo cultural y religioso hasta llegar a lo político. La dinamia está en el hecho de articular lo vivido. Una expresión que cruza toda la protesta cubana y que contiene este impulso: “Tenemos tanta hambre que nos comimos el miedo”.

Si un sistema como este ya no produce miedo, fracasó, se rasgó su vestidura, reveló su mentira, se mostró débil. Su fuerza está en la represión. Hoy Cuba vive otra crisis económica, pero está vez le toca enfrentarla con un pueblo insurrecto, en la calle, el régimen permanecerá en el poder a expensas de la sangre del pueblo.

Aires de cambio se respiran en el Caribe, puede caer la metrópolis, las colonias serán liberadas. ¡Ánimo!